Nota: Esta historia me llego a mi correo de una persona que conocí hace mucho tiempo, no se la procedencia, si le pasó a el o si la reenvió como cadena, a mi me dejo completamente atónito no se si les guste pero ahí les va.

PECADO CULINARIO
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un joven estudiante no muy instruido en las artes de la cocina. Éste afortunadamente vivía con su familia, por lo que sus comidas del día a día eran nutritivas y balanceadas. Sin embargo, un día se encontró solo en su casa al anochecer, sin haber almorzado. El hambre empezaba a hacerse intolerable, así que pisó por primera vez la cocina para usarla. Ese fué el día en que perdió su alma al diablo.
Con una mirada rápida, examinó la alacena y encontro una pequeña lata de sardinas. "Bien", se dijo a sí mismo, "he aquí mi fuente de proteínas". Así que la abrió y vertió su contenido en un recipiente. En ese momento, los ánimos se le vinieron al suelo. La mitad del peso de la lata era sólo agua, y en el recipiente cayeron tres tristes pedacitos de sardinas que parecían bebés. Luego de verlas con su mejor rostro de tragedia, comprendió que si no quería quedar con hambre después de comer, tendría que completar el plato con algo más.
Buscó y buscó en la alacena, en los estantes, en la nevera, pero no había nada. Usualmente quedaban algunas sobras de la comida del día pasado, que más de una vez habían sido su salvación, pero el día anterior se había acabado todo. Decidió revisar por última vez la nevera, resignado a la peor suerte, pero se encontró con algo que no había notado la primera vez. Una conserva de pepitonas comprada hace tres meses a un vendedor de autopista. Más animado de lo que debía estarlo, echó una porción generosa encima de las sardinas, que procedió a triturar con un tenedor hasta tener una masa gris y extraña en el recipiente.
"Ésto no me lo puedo comer así", pensó el estudiante. "Sobre todo, éstas conservas tienen mucho tiempo guardadas, quizás sería mejor cocinarlas un poco". Así que sacó una sartén, le esparció un poco de aceite, y la puso al fuego junto con su masa gris de productos del mar. Al cabo de medio minuto, empezó a pensar: "Ésto va a oler demasiado extraño, ¿porqué no lo transformo en salsa?". En un instante se encontraba agitando encima de la sartén un recipiente de ketchup, su contenido cayendo lentamente sobre las sardinas y las pepitonas, transformando la masa gris en una salsa roja burbujeante que parecía hecha con vísceras y sangre.
Fué en ese momento cuando la tierra empezó a temblar, y ante los ojos aterrados del estudiante, a un metro de donde se encontraba el suelo empezó a abrirse. Un olor profundo a azufre impregnó la cocina, y al cabo de un momento una cabeza roja con cuernos empezó a salir de la grieta. Eventualmente puso un pie encima del suelo, y Satanás mismo se presentó en toda su corrupción frente al estudiante. Con una sonrisa macabra en el rostro, se asomó poco a poco al oído del joven, que temblaba de miedo agachado en un rincón de la cocina. Las palabras que el demonio pronunció con sutileza macabra lo marcarían para el resto de su vida.
"Échale curry".
Satanás dió la vuelta, y con naturalidad caminó hacia la grieta en el suelo y bajó por ella. Casi en un instante, se cerró y no quedó ninguna cicatriz en el suelo que evidenciara su subida al mundo terrenal. El estudiante pasó un minuto y medio exacto sin poder mover ni un músculo de su rostro, y después, en un arranque de euforia nada divina, agarró el pote de curry de la alacena y virtió una cantidad nada razonable en la sartén. Luego de diez minutos su quimera culinaria estuvo lista, y se la comió con aguacate y casabe.
Cuentan las leyendas urbanas de una ciudad perdida de Venezuela que así nació por primera vez el demonio que velaría por el cumplimiento del pecado de la gula, como primer ayudante del que no debe ser nombrado en lo respectivo a ese pecado capital. Que desapareció de éste mundo en un instante, al terminar de consumir su pecado culinario, sin siquiera haber fregado los platos y la sartén que ensució. Ésta es la historia que ahora cuentan en todas las escuelas de cocina del mundo de la luz del señor, para avisar a los futuros chef's de los peligros que yacen en usar ingredientes locales con un producto enlatado, y luego cocinarlo con un condimento sugerido por el diablo. Cuenten ésta historia también a todos los niños y niñas que deseen aprender las artes de la cocina, para así proteger sus almas de las fuerzas del infierno, y mantenerlas cerca de la protección divina de nuestro señor Jesucristo.
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